La llegada de la temporada estival implica retomar con rigor la fotoprotección infantil, una rutina esencial que, a pesar de su frecuencia, suele ser ejecutada con errores técnicos que comprometen la salud dermatológica de los más pequeños. La exposición a la radiación ultravioleta durante la infancia requiere un enfoque profesional alejado de las prisas cotidianas, ya que la piel de los niños posee una sensibilidad significativamente mayor ante los daños solares.
El primer desafío para las familias reside en la selección del fotoprotector adecuado entre la extensa oferta comercial. Ainhoa Baucells, enfermera pediátrica, advierte que el etiquetado publicitario puede inducir a confusión si no se analiza con criterio. «Más allá del envase o de palabras como kids, baby o sensitive, hay varias cosas en las que sí merece la pena fijarse, como la edad del niño«, afirma la experta. En el caso de lactantes menores de seis meses, el consenso pediátrico es absoluto: la protección debe fundamentarse exclusivamente en la sombra y la vestimenta, evitando la aplicación de cremas salvo en situaciones donde no exista otra alternativa posible.
Cuando se alcanza la edad recomendada para el uso de filtros, el formato del producto cobra especial relevancia. Aunque los aerosoles gozan de popularidad por su conveniencia, Baucells recomienda priorizar lociones o leches por permitir una cobertura más uniforme. En esta búsqueda, Alejandra Martínez, farmacéutica especializada en dermoasesoría, establece una hoja de ruta técnica: «La crema solar tiene que estar adaptada a la piel infantil, sin perfume y con buena tolerancia ocular y dermatológica«. Esta profesional subraya que el factor de protección solar (SPF) elevado no exime de la necesidad de una aplicación minuciosa, desmontando el mito de que un SPF superior garantiza una inmunidad absoluta ante los daños de la radiación.
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