Si preguntáramos cuál ha sido el sueño más antiguo de la humanidad, muchos responderían sin dudar: vivir más. O incluso vivir para siempre. La búsqueda de la inmortalidad no es una idea nueva. Ha fascinado a emperadores, alquimistas y filósofos durante siglos, y hoy moviliza miles de millones de euros en laboratorios que intentan retrasar el envejecimiento y prolongar la vida humana.
Lo sorprendente es que existe algo que ya ha conseguido ese objetivo. No es una persona. Ni la inteligencia artificial. Es el cáncer.
Las células tumorales han aprendido a hacer lo que las células normales no pueden: dividirse una y otra vez, durante años, sin envejecer. Mientras el resto de nuestras células tiene un contador biológico que marca el final de su vida, las cancerosas consiguen manipular ese reloj y seguir adelante como si el tiempo no existiera. La clave está en unas diminutas estructuras llamadas telómeros.
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