El corazón es, probablemente, el órgano más resistente de nuestra anatomía, y no solo por su incansable capacidad de bombeo. Mientras que el cáncer de otros órganos son trágicamente comunes, el cáncer de corazón es una rareza médica casi absoluta en mamíferos. Durante décadas, la ciencia ha intentado explicar este blindaje natural apelando a la escasa renovación de sus células o a su ubicación protegida en el tórax. Sin embargo, una investigación publicada hoy en la revista ‘Science’ apunta a un factor mucho más dinámico: el propio movimiento. El latido, esa fuerza mecánica constante, parece actuar como un supresor activo que impide que los tumores prosperen.
Un equipo de investigadores, liderado por Giulio Ciucci, del Centro Internacional de Ingeniería Genética y Biotecnología de Italia, ha descubierto que las presiones físicas a las que están sometidos los tejidos cardíacos no solo sirven para mover la sangre, sino que reconfiguran el «manual de instrucciones» de cualquier célula cancerosa que intente asentarse allí. Al verse sometidas a la tensión del latido, las células tumorales sufren cambios en la regulación de sus genes que las dejan bloqueadas, incapaces de proliferar. Crean un entorno demasiado hostil para su crecimiento descontrolado.
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