Con la llegada del verano, piscinas, playas y parques acuáticos se convierten en los principales refugios frente al calor. Sin embargo, para quienes utilizan lentes de contacto, darse un baño sin retirarlas puede poner en riesgo la salud ocular.
Aunque el agua pueda parecer limpia, tanto el agua del mar como la de las piscinas puede contener microorganismos capaces de adherirse a las lentillas y quedar atrapados entre estas y la córnea, favoreciendo la aparición de infecciones potencialmente graves.
Emilio Dorronzoro, jefe del Servicio de Oftalmología del Hospital Universitario Sanitas La Moraleja, explica: «Aunque el agua parezca limpia, contiene microorganismos como bacterias, hongos y protozoos que pueden adherirse a la superficie de las lentes y quedar atrapados entre la lentilla y la córnea. Esta situación crea un ambiente ideal para la proliferación de patógenos y puede dar lugar a infecciones como la queratitis infecciosa, una inflamación de la córnea que, en sus formas más severas, puede producir cicatrices permanentes, pérdida de visión e incluso requerir un trasplante corneal».
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