Muchas veces el calor del verano hace que perdamos el apetito y que solo deseemos platos frescos y ligeros. Esto no es un capricho, responde a una “pura supervivencia térmica”, un mecanismo de defensa de nuestro organismo para combatir las altas temperaturas.
“Al ser animales homeotermos, el organismo lucha por mantener una temperatura interna de entre 36,5 y 37 °C, lo que obliga al hipotálamo a activar la vasodilatación y la sudoración. De este modo, la necesidad de enfriar el cuerpo prevalece sobre el hambre, lo que regula de forma automática nuestras demandas de comida”.
Así lo explican en un comunicado Fernando Mata Ordóñez, profesor de Fisiología y Nutrición de la Universidad Europea, y Cristina López de la Torre, directora del Departamento de Biomedicina y Odontología de la Universidad Europea de Andalucía.
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